Necesitar

Lo he sabido desde el primer momento que he abierto los ojos: hoy no iba a soportarme.

Me he lavado la cara a conciencia, como hacen todos los partidos políticos. Pero no ha servido para nada, como les pasa a todos los partidos políticos.

Me he lamido la desagana y sabía a prisa. La prisa es un virus del que todos estamos infectados y del que poco han advertido que puede matar, en vida. He querido ir despacio, me he forzado a ir despacio. Y ahí estaba yo, a 150 km por recuerdo, llegando a toda hostia a Valencia sin ganas de llegar: sabía que no iba a soportarme.

Ha empezado a dolerme, la cabeza. Mejor no me tomo nada, puedo aguantar.

Hoy no me apetece estar con nadie, sólo quiero estar conmigo para ver si así… ¿No os pasa a veces que queréis “encontraros” porque es la única forma de huir de uno mismo?

Voy a ordenar el cuarto, a ver si así se me ordena un poco la vida. No, mejor voy a darme una ducha, a ver si así me quito la tontería con un poco de calor. Salgo de la ducha y decido cortarme las uñas de los pies, porque cortarse las uñas es una decisión que uno toma como autocuidado de sí mismo. Retomo el segundo café del día, que ya está frío, y a los pies de la ventana escucho esa canción con una frase latiendo en bucle: take me back to the start.

Fumo y abro los chats archivados. Se viene. Quiero recordar cómo fue nuestro principio, porque después de tanta mierda encima, todo me huele mal. Jodida kamikaze, pero este dolor tiene un sonido precioso, y un impulso dulce y letal. Te escribo un WhatsApp cortés, de esos que en la letra pequeña rezan: Déjame entrar, por favor, te echo de menos. Te necesito. Al segundo me arrepiento, pero ya me siento un poco más viva, aunque sé que no va a durar mucho así que me doy, prisa.

Dejo la habitación tal como está, un desastre. Primero me tengo que salvar yo, así que merodeo horas por calles nuevas, en las que nunca antes había estado. A ver si, como hacen con nosotros las redes sociales, la novedad me da ese chute de dopamina, que al fin y al cabo es lo que estoy suplicándome. Exigiéndome. De nuevo, fuerzo la situación.

Pero este dolor de cabeza empieza a ser insoportable. No me encuentro bien. Voy a por el autobús y en la parada, empiezo a romperme. Vuelvo a nuestro principio y reviento en un mar de rabia. Subo al autobús y ocupo dos asientos para apoyar, en uno, todos mis pedazos, y en el otro, la autocompasión. Me encanta llorar en el autobús, es una sensación extrañamente cálida.

Llego a casa y lo primero que hago es tomarme un paracetamol, no puedo aguantarlo. Y una cerveza, no puedo aguantarme. Quiero salir de hoy porque hoy parece siempre todavía y toda vía de escape un paso en falso. Parece imposible salir de aquí. Me escribo un Word descortés, de esos que en la letra pequeña rezan: Déjame entrar, por favor, me echo de menos. Me necesito.

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Amar en tiempos tecnológicos

Antiguamente, el conocimiento iba de boca en boca y a lo sumo dormía entre las páginas de los libros que habitaban las escasas bibliotecas de cada ciudad. Hoy en día con la revolución digital es diferente. Hay acceso a cualquier tipo de información. Todo lo que una quiera saber, por descabellado que sea, seguro que a alguno ya se le ocurrió la brillante idea de hablar sobre ello en algún blog, foro o red social. Tenemos un montón de vías de comunicación desde las que podemos aprender cosas y además de diferentes formas: publicaciones en Facebook, stories en Instagram, vídeos en Youtube, titulares en Twitter. Tenemos libros en papel y libros en formato electrónico que muchas veces podemos conseguir gratis si hurgamos un poco en Google. Y así, periódicos, revistas y una cantidad infumable de artículos en bases de datos que, por supuesto, ya especializadas.

Estamos en la era de la información, un espacio idóneo donde desarrollar nuestra capacidad autodidacta. Admiro mucho a las personas que veo que nadan bien en este océano, que lo aprovechan y beben de él. Sin ir más lejos, mi padre sea probablemente la persona que más admire en este sentido. No obstante, no diré que yo sea todo lo contrario, pero como mínimo me hacen falta unos manguitos para estar cómoda en estas aguas. A mí me gusta tener a una persona delante que, literalmente, me deje con la boca abierta, porque sin duda es de las sensaciones más bonitas que hasta ahora he experimentado.

A simple vista se atisba un problema y es que parece imposible, con tanta información, y en este caso también hablaré de formación, aprender algo nuevo. Durante estos años he escuchado en cantidad de actividades formativas la frase “siempre es más de lo mismo”. Me abruma salir de estas actividades con una infinidad de comentarios negativos (y a mi parecer, tóxicos) fanfarroneándome los tímpanos. A veces pienso, ¿y si no estaré siendo lo suficientemente crítica? Quizás. Sin embargo, este tipo de situaciones me hacen pensar en una foto en la que sale un gato con cara de haber acabo de comer mucho, de un documental que no he visto, que contiene esta frase: “Everything is beautiful if you look at it with love.”

Muchas veces es lo mismo, pero no. No es lo mismo que Juan me explique una cosa a que me la explique Pepita. Juan me lo va a explicar de acuerdo a lo que le han explicado a él y, además, con la pasta de todas las experiencias que ha vivido y el azúcar de su personalidad única. Lo mismo Pepita, que no es lo mismo. A veces hay un salto abismal y en otras ocasiones aparentemente apenas hay diferencias, son pequeñas sutilezas que uno sólo capta si está predispuesto a hacerlo: a mirar con amor. Amor, respeto e interés activo.

A mí, en particular, me fascina ir a una sala y rodearme de gente desconocida. Especialmente de gente hasta ese momento desconocida. Desconectar para reconectar. Hay tantas personas por el mundo que te pueden arrollar los supuestos con su punto de vista. Tantas. Y es tan bonito compartir eso. Pero no hace falta irse lejos; un lunes cualquiera descuelgo el teléfono y mi sobrina de 10 años me destroza los esquemas en 3 minutos. Yo detrás de la pantalla sonrío, y me emociono hasta el punto de llorar porque “el síndrome de Stendhal lo llevo fatal”.

Estas cosas son las que cambian las cosas, las que cambian el mundo. La comunicación entre las personas, algo tan sencillo como complejo. Estar abierto, recoger lo que te sirve (algo muy cerca de la palabra emoción), moldearte y pasar la pelota al compañero. Al humano, pues hay tanta historia que nos han escrito como tanta por reescribir.

Y todo es cuestión de actitud. Todo empieza por escuchar. Por querer escuchar. Todo empieza y acaba en el amor.

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Todos dicen

Todos dicen que está dentro,

mientras deslizan el dedo en Instagram una y otra vez, a pesar de que sea incluso imposible que en tan poco tiempo haya contenido nuevo.

Todos dicen que está dentro,

pero cuando creen encontrarlo sienten una impetuosa necesidad de publicarlo fuera.

Y si no, no vale.

Y si caes en la cuenta de tal estupidez, te reprendes por ello fustigándote un poquito. Relativizas y corres un tupido velo por tu conciencia, hasta que emerge otra vez sin permiso esa necesidad absurda de compartir todo con nadie.

Todos están contaminados.

Todos nacen y nacerán contaminados.

Sólo los abuelos saben dónde está y lo mecen con el sigilo y la ternura de algo que sabes que irremediablemente va a acabar pronto.

Todos van buscando. Todos hacen cosas creyendo que en algún momento esa sensación que a veces te rebosa las arterias coronarias permanecerá estática.

Estudiar lo que te gusta. Trabajar de lo que has estudiado que te gusta. Ganar dinero trabajando de lo que has estudiado que te gusta. Viajar con el dinero que has ganado trabajando de lo que has estudiado que te gusta. Y follar un montón. Y enamorarse. Compartir.

Compartir ha pasado a ser un verbo controvertido. Tan lleno de intimidad como vacío. Tan especial como banal. Tan personal como impersonal.

Si no, no cuenta. Y cuando cuenta, ha dejado de contar. Y lo sabes. Y miras con recelo al abuelacho que toma la fresca en el banco de al lado de tu portal, pero te da pereza.

Todos dicen que está dentro,

pero todos saben que si de verdad te metes dentro, estás fuera.

De la sociedad.

Nadie quiere estar solo pero todos saben que realmente están cada día menos conectados a pesar de estar conectados todo el día.

Todo es óptico. Todo depende. Todo vale, pero realmente nada vale.

¿Qué vale la pena? ¿Y la vida? ¿El tiempo?

Aunque hoy me han dicho que los Illuminati preciden una epidemia para 2020 que se cargará a más del 40% de la población mundial, así que mira, vamos a dejarlo porque para qué.

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Medir

Medir la talla,
también del pantalón
Medir distancias
Medir el tiempo,
los tiempos
Medir definiciones
Medir palabras
Medir silencios
Medir roces
Medir esperas
Medir miradas
Medir discusiones
Medir el orgullo
Medir el perdón
Medir el paquete
las tetas
los cigarros
los cubatas
las salidas
las calorías
los azúcares
las canciones
las indirectas
las directas
las interpretaciones
las ilusiones
las rienda suelta
las lágrimas
los desvelos
los triunfos
los fracasos
las relaciones
Medir
Medir
Medir
Medir la vida
Ahogar lo espontáneo
lo intrínseco
Ajustarse
Encajar
Resignarse
Frustrarse
Aceptar
Explotar
Reconstruir
y volver a medir
otra cosa,
otro cuerpo,
otra emoción,
otra relación,
con el mismo corazón,
más magullado,
más espabilado,
más prudente,
más cansado,
de vivir,
de buscar,
de vivir buscando
la medida exacta
que haga que todo,
todo esté bien.
O al menos que no haya culpa.

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Tiempo

“Dimensión física que representa la sucesión de estados por los que pasa la materia.”

Ahá.

TIEMPO: 6 letras que albergan mucho más que 14 palabras bien puestas. El tiempo es un concepto con una profundidad inexorable. Tengo poca idea acerca de la relatividad del tiempo de la que Einstein hablaba, pero joder, eso: relatividad. Sin entrar en que el tiempo a veces vuela sin darte cuenta porque estás en un estado de “flow”, o todo lo contrario, sólo quieres que pasen los minutos y cada uno de ellos parecen una eternidad. Sin entrar en cómo influye el estado de ánimo en la percepción, últimamente este complejo concepto sólo hace que cambiarse de ropa y desfilar delante de mi cara para que le diga qué modelito le queda mejor.

Hace poco, hablando con dos amigas, una de ellas preguntó: “¿Qué es lo más valioso que le puedes regalar a alguien?” La otra respondió: “Amor y tiempo”. Tal cual. No me había parado a pensarlo nunca de esta manera y es de las cosas más bonitas que he escuchado. Pero… “que no se puede conceder, que es concedido” dice el gran Carlos Chaouen. Pase lento, rápido; lo invirtamos (o matemos) en esto o lo otro. Desde que nacemos llevamos debajo del pecho un latir de duración indefinida. Es el comienzo y el final. Y desde ese mismo instante, es también lo que más condicionado tenemos, de forma irremediable. No se puede parar y los acontecimientos vitales tampoco, de modo que empiezan a conjurarse en una simbiosis que emerge en la conciencia de cada uno como “mi vida”.

Al grano. Nacemos y la naturaleza nos concede “tiempo” y le hacemos el relevo para empezar a concederlo a nuestro antojo ¿Qué pasa? Somos seres humanos y por ende tenemos establecida cierta trayectoria, por generalizar: somos niños, jugamos, vamos al cole, hacemos amiguis, nos volvemos adolescentes, estudiamos, sembramos una red de apoyo social, trabajamos, formamos una familia, etcétera. Con las respectivas diferencias individuales, todos tenemos como ciertas “tareas vitales” a las que tenemos que dedicar tiempo. Sí o sí: no puede ser de otra manera. Y ahí voy, ahí.

Sin ir más lejos, hoy he alimentado todo este batiburrillo mental con casi todas las personas con las que me he relacionado. TODAS estaban agobiadas y si no, incitaban a ello. Por diferentes temas que no voy a nombrar, pero sí resaltar que son circunstancias muy diversas que desembocan en un mismo cauce: la falta de tiempo. ¿Qué estamos haciendo con nuestras vidas? Con NUESTRO tiempo.

Obviamente hay obligaciones, compromisos, indisolubles. Hoy me he levantado bastante más tarde de lo habitual. No por nada en especial; porque soy retrasada y vaga, y llega un punto en el que pospones tanto la alarma que ya no vuelve a sonar (como todo en la vida). Me he sentado frente al ordenador con intención de poner al día mis obligaciones, pero sin darme cuenta se me ha hecho la hora de comer y la hora de ir a la UJI por un compromiso pendiente. Al volver a casa quería organizar mi habitación porque existe esa sensación de que cuando ordenas algún espacio se te ordena la vida también. Bien. He empezado a las 19:00. Es la 1 y pico de la madrugada y sólo he organizado los libros de dos estantes. Llevo 5 horas sentada en la misma silla haciendo “nada”. Una parte de mí me dice “Un día más en el que pierdes el tiempo” y la otra me susurra “Mírate, estás pletórica. A mí también me encanta esa canción. Y esa. Y esa. Y esa. Y esa. Y que cenes de pie en la cocina mientras despotricas del mundo. Y verte así, escribiendo. ¿Has visto ese directo en la Off de La Latina? Ponlo, ya verás.”

Lo más valioso que podemos regalar es amor y tiempo. A alguien, a algo o a nosotros mismos. Así que paz y amor y el tiempo para… ¿?

Para Suso, para empezar.

Tenemos tiempo – Suso Sudón

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Confianza

Ayer estuve en unas jornadas que se hicieron en la UJI acerca del abordaje en el abuso sexual infantil. Es escalofriante el sentimiento tan bonito que te puede generar un tema tan sumamente duro. La verdad es que fue una jornada exitosa, no sólo por el número de asistentes, que también, sino por el clima comunitario que se genera en actividades de este tipo que, de nuevo, ejercen un poder casi sobrenatural sobre los pelos de mi antebrazo.

Hoy me he levantado de la cama queriéndome no levantar. A veces me pasa, como a todo el mundo. El día ha ido de mediobien a serenidad y encuentro. La vida fluye cuando no hay premeditación previa. Paseando por el centro por fin me he decidido a ir a la librería solidaria que se anuncia en la bocacalle que está tras pasar Druni. He ido, un poco nerviosa. Yo también desconfío. Una vez dentro una mujer mayor me ha atendido muy dulcemente. Me ha explicado todo pero, sin ninguna presión. Le hacían compañía dos mujeres más. Otra mujer mayor y una chica de unos 30 y largos, que casualmente estaba hablando de James Rhodes. No he podido evitar quedarme escuchando y, después, he intervenido. James Rhodes vino ayer como uno de los ponentes a la jornada de abuso sexual infantil. De pronto, me he visto envuelta en una conversación llena de pasadizos y pasión con aquellas desconocidas. Ha habido mucha amabilidad, ese dichoso clima, esa confianza tal vez. Al terminar la conversación me he sentado en el suelo, frente a una de las estanterías. Fluía.

Cuando he salido de allí, he pasado por la calle de las tiendas con intención de seguir alimentando a ese embrión que ha salido de aquella librería. He entrado en Tiger, Pull and Bear, Stradivarius, Natura y Parfois. No he comprado nada. Todo me resultaba de una fealdad desmesurable. No la ropa, que también. Había un ambiente de cinta transportadora venenoso. Frío. Que rebotaba en mí continuamente, que me recordaba la persona que suelo ser cuando la vida y yo no hacemos síntesis por devenir ¿Qué necesitas, Davinia? A ver, aquí empieza mi duda, mi pérdida de, mí. Puede ser que no me haya comprado nada porque me estaba meando un montón, iba con prisas, tenía ganas de llegar a casa para ir al baño. No quiero criticar a esta sociedad consumista. Bueno, claro que quiero hacerlo. Y escupirle en su mugre muchedumbre que no por serlo deja de asomar cada alma, cada inquietud ajena repleta de entusiasmo y belleza. Lo que no quiero es ser hipócrita y cínica, por eso siempre me justifico, demasiado. Desconfianza. Soy la primera consumista, que se enreda en modas que creen que le van a hacer sentir mejor. No soy la primera que quiere salir de ese agujero negro, pero sí corro la carrera de vez en cuando, cuando me doy cuenta.

He salido de esas calles y en la plaza del ayuntamiento había un sol primaveral. Hacía un día perfecto; hacía el suficiente frío para no empezar a emparanoiarme con el cambio climático y mi miedo a la muerte, pero el sol era capaz de acogerte bajo su manto y sentir esa sensación que uno siente cuando le arropan. Estaba la plaza llena de gente, de vida. Me he liado un cigarro en ese momento y he seguido haciendo camino hasta la plaza de La Muralla. Hay un estanque simple y bello, que casi siempre me pasa desapercibido. En él un paloma se refrescaba mientras bebía agua como un bebé hambriento. Ha sido increíblemente precioso. Las palomas me recuerdan a mi madre, y a su sensibilidad que admiro y me enorgullece. Eso no lo provoca una camisa de Stradivarius. O bueno, sí. Pero cuando estoy tecleando el número pin de la tarjeta de crédito, o ya se me ha pasado, o ya he empezado a sentirme mal. Ver beber a una paloma en el agua, a pleno sol, en la tranquilidad y la viveza de una ciudad que se ha convertido en mi hogar con el paso de los años, no me daña, no desvanece, no me confunde sobre mí misma.

Entonces James Rhodes me ha venido a la memoria durante todo el día. Hablaría de James durante toda la botella de lambrusco que he abierto, pero voy por las 700 palabras y he quedado cerca de las 21:00h. James dijo algo, no sé si ayer en la entrevista de la UJI o en alguna otra que he visto previamente por Youtube porque, cómo no, la discontinuidad vive en mí si el impacto emocional sucede. Le preguntaban acerca de la felicidad. Él dijo que detestaba que le insinuaran que cómo no iba a ser feliz con la preciosa mujer que estaba a su lado, su hijo, sus amigos, su éxito en la música. James no hizo ningún descubrimiento respondiendo que la felicidad es un estado que va y viene, que no es algo que se alcanza y permanezca entonces, pero necesitamos gente que nos lo recuerde. O lo necesito yo. Estamos arriba durante minutos, quizá horas, con suerte días y raramente una semana. Luego volvemos a bajar y quizá por la mañana no queramos levantarnos de la calma porque hay cierto odio, no contra el mundo, sino contra uno mismo. Un eterno retorno sin ningún ápice de eternidad.

La semana que viene volveré al centro. Volveré a Stradivarius y me compraré algo, algo que me gustará, sobre todo estrenar. Pero esa paloma… Esa paloma era hermosa y desprendía una confianza en el mundo y en uno mismo que ninguna prenda de ropa me va a dar.

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Cacahuete podrido -20/10/2017 en 2018

“Estoy pensando en musas y arañas
a ver si alguna deja de tejer
y confecciona un jersey de lana
para el invierno tenerme algo que poner”

Carlos Chaouen

Tengo las entrañas en textos de Word,
que escondo desde 2013.

Tengo las entrañas en monólogos internos,
en los que estructuro cómo decirte
cómo decirte
cómo decirte

cómo decirme,
y que te quedes.

Tengo las entrañas forjadas con acordes,
que me devuelven tus labios de oruga,
tus campos de arroz protegidos con insecticida,
mis intoxicaciones,
mis dos extremos,
mi inhibición en el momento inexacto,
la sombra de los árboles en los que nunca estaré.
En los que nunca estuve.

Tengo las entrañas repletas de ovillos fermentados,
producto de neuroadaptaciones que no me dejan partir.
Miembros fantasmas desadaptados,
pérdidas encarceladas,
el gusto por lo agridulce.

No sé vómitar.

Tengo las entrañas podridas,
llenas de recuerdos caducados,
que avivo con mis propias ganas de sentir,
que distorsiono a mi merced,
que rescato cuando no tolero este lugar,
al que he llegado
por algún motivo.

Por varios.

Tengo el alma llena de nostalgia
de algún tiempo indefinido,
un día cualquiera,
no sabes qué hora es.
Donde el día a día era un Rock and Roll de orquesta de pueblo,
y la altura de tu pecho olía a sábanas recién puestas.
A mi lado sin saber porqué.

Allí.

Tengo un presente hueco.

Tengo un presente en base a,
tendencias que no llevan a Roma
pero sí a helados de menta.
Miro por la ventana y es la chica de ayer.
Tengo un presente en base a,

Reacciones químicas autogeneradas
jugando con las flores en mi jardín,
hambrientas,
vagabundas,
que piden lo que no ha de pedirse,
que provocan.
No podemos jugar.
que molestan
a los demás.
Rechazo.

Pérdida.

Cada día siguiente es un futuro mal gestado,
no entra en la habitación,
infestado de un pasado ausente,
que supura CO2,
y muerte,

olvido unilateral,
distorsión afectiva,
canciones que consiguen que te,
carencias maltratadas,
ilusiones de 20 de abril,
pulsiones Zeigarnik que tratan de estrellarse.

Pero este peaje a ninguna parte está saliendo caro.
Demasiado tarde para.

He de reforestar todas sus arterias y sus venas,
sus pulsos,
comprender
su ruido,
sus evocadores,
su niño en el recreo,
su bocadillo de mortadela con olivas.

Dejar de balancearlo,
en el columpio de mi casa.

Abrirle la puerta de portal y decirle que
no es la chica de ayer,
pedirle que,
por favor, vuelva con las rodillas sucias de barro,
de los parques en los que
nunca ha estado.

Que deje de perseguir
y renueve la lista de spotify.

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